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martes, 27 de octubre de 2009

La soledad

La noche era particularmente agradable, las calles estaban desiertas, los bares y los restaurantes llenos de vida. todo parecía en absoluta calma, en orden, bonito, y de repente . . .
. . . de repente me di cuenta de que estaba completamente solo.
Es evidente que ya he estado muchas veces solo este año. Es evidente que en algún lugar, a dos hora de vuelo, mi novia me esperaba. Es evidente que, después de un día agitado como aquél, nada mejor que caminar por las callejuelas y los callejones del casco viejo, sin necesidad de hablar de nada con nadie, simplemente contemplando la belleza a mi alrededor. Pero la sensación que tuve fue un sentimiento de soledad opresora, angustioso; no tenía con quién compartir la ciudad, el paseo, los comentarios que me gustaría hacer.
Cogí el teléfono móvil; después de todo, tenía un número razonable de amigos en la ciudad, pero era tarde para llamar a cualquiera. Consideré la posibilidad de entrar en uno de los bares, pedir algo de beber; casi con toda seguridad, alguien me reconocería y me invitaría a sentarme a su mesa. Pero resistí la tentación y procuré vivir aquel momento hasta el final, descubriendo que no hay nada peor que sentir que a nadie le importa el hecho de que existamos o no, que no les interesan nuestro comentarios sobre la vida, que el mundo puede seguir andando perfectamente sin nuestra presencia incómoda.
Empecé a imaginar cuántos millones de personas en aquel momento estaban seguras de que eran inútiles, miserables, por más ricas, agradables y encantadoras que fuesen, porque estaban solas aquella noche, y el día anterior también, y posiblemente estuvieran solas al día siguiente. Estudiantes que no encuentran con quien salir, personas mayores delante de la televisión como si fuese la última salvación, hombres de negocios en sus habitaciones de hotel, pensando en si lo que hacen tiene algún sentido, mujeres que se han pasado la tarde arreglándose y peinándose para ir a un bar, fingir que no buscan compañía, simplemente les interesa confirmar si todavía son atractivas; los hombres miran, buscan conversación, y ellas descartan cualquier acercamiento con aire de superioridad porque se sienten inferiores, tienen miedo a que descubran que son madres soleteras, empleadas en algo sin importancia, incapaces de charlar sobre lo que sucede en el mundo, ya que trabajan de la mañana a la noche para sustentarse y no tienen tiempo de leer las noticias del día.
Personas que se han mirado al espejo, se creen feas, piensan que la belleza es fundamental, y se conforman pasando el tiempo leyendo revistas en las que todos son guapos, ricos, famosos. Maridos y mujeres que han terminado de cenar, a los que les gustaría estar hablando como hacían antes, pero hay otras preocupaciones, otras cosas más importantes, y la conversación puede esperar hasta un mañana que no llega nunca.
Aquel día había comido con una amiga que acababa de divorciarse, y me decía: "Ahora tengo toda la libertad con la que siempre he soñado". ¡Es mentira! Nadie quiere ese tipo de libertad, todos nosotros queremos un compromiso, una persona que esté a nuestro lado para ver las bellezas de Ginebra, discutir sobre libros, entrevistas, películas o compartir un sándwich porque el dinero no da para comprar dos. Mejor comer la mitad de uno que comerlo entero. Mejor ser interrumpido por el marido que desea volver pronto a casa porque hay un importante partido de fútbol en la televisión, o por la mujer que se detiene delante de un escaparate e interrumpe el comentario sobre la torre de la catedral, que tener Ginebra entera para uno mismo, todo el tiempo y el sosiego del mundo para visitarla.
Es mejor tener hambre que estar solo. Porque cuando estás solo, y no hablo de la soledad que escogemos, sino de la que no vemos obligados a aceptar, es como si ya no formases parte de la raza humana.
El bonito hotel me esperaba al otro lado del río, con una suite cómoda, empleados atentos, servicio de primerísima calidad, y eso me hacía sentir peor porque debería estar contento, satisfecho con todo lo que había conseguido.
En el camino de vuelta, me crucé con otras personas que se encontraban en la misma situación que yo, y noté que tenían dos tipos de miradas: arrogantes, porque querían fingir que habían escogido la soledad en aquella hermosa noche, o tristes, avergonzadas de estar solas.
Extrato de El zahir de Paulo Coelho.

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